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huellas

“Nadie puede nadar contra esta circularidad de las masas y de la información. Cada uno de los dos fenómenos está hecho a la medida del otro: ni la masa tiene opinión, ni la información la informa: una y otra siguen alimentándose monstruosamente: la velocidad de rotación de la información aumenta el peso de las masas, y no es en absoluto su toma de conciencia.“
—  Jean Baudrillard

ACTO I
 

USTED Y
LA SITUACIÓN

Siempre he pensado que Colombia suena a una combinación entre: una cantina un domingo a las 5 de la tarde y pájaros que empiezan a trinar a las 5 de la mañana.

Siempre he pensado que Colombia se ve como el color #50b911

Esto es un video (se demora en cargar).

Siempre he pensado que Colombia a veces huele a queso de panadería del centro y a veces a pasto.

Ahora no sé si eso sea verdad. Hay tantos lugares de Colombia a los que nunca he ido. Cosas típicas de Colombia que nunca he experimentado. Nunca he comido mute. Tal vez las personas que están comiendo mute en este momento sonríen.

¿el mute es rico?

Le estoy huyendo a la pregunta.

Como en Colombia hay partes de mi cuerpo que sé que existen, pero nunca he visto.

Por ejemplo, la realidad de vivir en un lugar sin suministros de agua potable o mi páncreas.

 

¿Sera que me duele el pancreas? Porque en realidad me duele todo y sonreír es cada vez más difícil, pero creo que eso no es culpa de mi páncreas.

Le estoy huyendo a la pregunta.

Me voy a saltar la pregunta.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Qué será de nosotros.

Frustración.

Llovizna 

Tan parecida que suena la aturdidora al tambor

Tan parecido el color de la sangre que sacan con sus bolillos a la pintura con la que hemos pintado las paredes

Tan parecidos sus pasos a los nuestros

Tan parecido su avanzar al nuestro

A veces pareciera incluso que bailaran como nosotros

Tan parecido su miedo al nuestro

Pero estamos tan lejos

Jugamos futbol, la cancha se encuentra entre dos semáforos, entre dos cuadras, entre los postes, entre los barrios

Nosotros queremos salir a las calles, ustedes quieren meternos a las casas, quieren meternos a sus camiones, quieren meternos en la tierra o quieren meternos en la nada donde nadie sabe nada y donde nadie encuentra nada

En este partido ustedes juegan con balas y nosotros con piedras

Ustedes tienen alarmas y nosotros tenemos cantos

Ustedes tienen vehículos blindados y nosotros bicicletas

Qué juego más injusto

En este partido se negocian órganos, gana el que quede con su cuerpo completo

En este partido los uniformes están claros, ustedes van de negro, son gruesos, casi no se les ve las caras

Nosotros siempre estamos descubiertos, de múltiples colores y la cara siempre está expuesta, nosotros no la escondemos…será por eso que se nos caen los ojos

¿No les dan ganitas de bailar? ¿No se cansan?

Me pregunto cuál será la canción favorita de alguien como ustedes y me da miedo imaginarme, o prever, que les gusta la misma salsa que a mí, me da miedo tener que reconocer que no somos tan distintos, que somos lo mismo. Me da miedo que nos encontremos en algún lugar y nos pongan esa salsa, que no nos aguantemos las ganas y hasta bailemos juntos.

 

Qué miedo. Qué miedo porque no podría evitar perdonarlos al haber no podido evitar escucharlos.

prefiero dejarme en el anonimato;

así nunca van a saber quién fue el culpable…

de nada

el culpable o la culpable.

agárrese de por aquí

 

le escribo desde el fondo del hueco.

el fondo que nadie quiere tocar pero que todos queremos ver.

si le grito al fondo del todo, no le grito al tope de nada.

sin fondo, sin tope. sin nada.

 

no grite, que nos pillan

 

suena chan chan de buena vista s. club.

 

mientras hoy me despido de los eternos

público lo que nunca fui,

lo que quisiera ser desde alto cedro

hasta marcané, cueto y mayarí.

 

aguántese el dolor 

lo que quisiera ser desde alto cedro

hasta marcané, cueto y mayarí.

 

cállese, y que se aguante

suena clandestino de manu chao.

 

mientras voy solo con mi pena y

la condena y ley arden desde lo ilegal..

valiéndose de un juego contradictorio,

de una andanza asquerosa.

 

…de una danza asquerosa,

asquerosamente infiltrada

.’;l,[pmo9nu7vt656vucjei q9i00$%^%&*%^W

iuj pi0fwe t0-q2t$P$%$&

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b90vb90fvn0ruvprnvuenfvn0

 

 

 

aquí, todos somos culpables del código

suena “nos acaban de gasear y estamos en la mierda” de ______

verdad_1

Hace mucho que no marcho. Me duelen los pies de no poder marchar. Toda la vida antes del Covid...bueno, antes de ser adulta, he marchado. Mi familia ha marchado. Marchar es caminar caminar con un propósito y con el corazón firme, carajo, con el corazón puesto en que cada paso que das es un paso hacia al destino que quieres para ti y para los demás. Cuando mi abuelo murió lo llevamos en su carro fúnebre por todo el Huila y mi padre me dijo: Tu abuelo se despide de la tierra que caminó y caminó. Entonces recordé que mi abuelo me había contado un día una banca incómoda de piedra, cuando ya usaba bastón, que con su padre caminaban durante meses desde el Huila a Zipaquirá para traer sal. Cuando murió le pedí me ayudara a transitar los caminos con el temple y la alegría con la que los transitaba el. Marchar es algo parecido, cuando se marcha, con los cuerpos cercanos, por un momento parece como si los pasos que damos abrieran caminos. Pienso en la niña que fui y en la puta alegría que me da volver a caminar con los otros. Me siento poderosa por el otro y con el otro. Pienso en mi papá y su lucha por hacer de este un país más justo. Siempre pienso en él cuando marcho. Marchando por la 7ma también decidí la carrera que iba a estudiar por la misma razón por la que marcho cada que me deja la vida: Por que no importa que tan doloroso pueda ser el camino, si tu corazón está puesto en algo, los pies adoloridos no importan. 


 

Para mi, la creación ha sido siempre un acto de fe. Como las marchas de hecho. Tienes el corazón puesto en algo que en sí mismo es un cambio, por pequeño que sea, por lo menos modifica el espacio. Hoy mi quehacer artísitico está en un lugar ambiguo. Extraño la sensación previa a salir al escenario, ese pequeño instante en el que sabes que ya te toca y sientes el vacío y la excitación más hijueputa en el pecho. Que rico. Hoy trabajo al contrario. Yo creo que jamás había sido tan consciente de lo complicado que es tocar un corazón que no es el tuyo. ¿Cómo tocas un corazón? Creo que allí se encuentra mi propuesta artística hoy: Aprender a tocar un corazón. ¿En que aporta? Bueno, supongo que hoy por hoy, por lo menos a divertir a un par de chinos mamados de la virtualidad y la educación carcelaria que tenemos. Pero si voy más profundo, si camino con fe, como en las marchas, espero estar tocando al menos un corazón a través del arte que forma...bueno, el arte que te ayuda a entender cosas sobre ti mismo y el mundo en el que vives. 

 

En una de las primeras salidas pedagógicas que hice en el colegio, yo tenía como 8 años, la profesora no pidió que cantaramos en el bus: “Viva la U, Viva la U, viva la universidad, no la dejes, no la dejes, no la dejemos privatizar” Evidentemente no tenía ni idea de qué era privatizar ni por qué carajos no podían hacerle eso a la Nacho. Sin embargo lo cantaba feliz. En mi colegio, las papas bomba eran sinónimo de alegría. Significaba que perdías alguna evaluación porque había desalojo y no era raro el descanso en el que te comenzaban a arder los ojos por el gas lacrimógeno. Cuando crecí, aprendí a escaparme de los profesores e ir a ver a los capuchos tirar las papas en la 45 o en la 26, pero más allá de eso, yo entendí muy pequeña que hay condiciones injustas por las que nadie debería pasar y que deberían ser garantizadas por nuestros gobiernos. Ahora, me hubiese gustado tener ese valor. Yo veía a los capuchos enfrentarse al esmad y me sentía en una película. Jamás nos tocaban a nosotros. Si tenías el uniforme te protegían y alejaban de la che. De pequeña, sentía que eran super héroes y no entendía muy bien de dónde carajos salían. Hoy se que eran los mismos chinos con los que a veces jugábamos picaditos o los que leían a tu lado en la biblioteca. O incluso los profes de francés de los cursos extra curriculares. En los paros íbamos a visitar a los profes que acampaban en la 26 y les llevábamos pan. Pero en general siempre acaba en paro. Parábamos de estudiar por las pedreas o porque los profes también en desacuerdo, dejaban de ir al colegio a dictar las clases. Pero siempre nos parábamos duro. Creo que manifestarse, más allá del significado “revoltoso” de parar, es eso. Es tomar una postura y defenderla, en sus múltiples variables. Manifestarse es pararse duro, pero también saber cuando dar un paso al costado para continuar con el otro. Porque si hay algo que me enseñaron todos los paros, es que siempre, pero siempre hay un estímulo que te invita a seguir caminando, pero que nada ocurre si no eres capaz de detenerte a pensar.

ACTO II
 

USTED Y
LXS DEMÁS

 


Si un árbol se cae en medio del bosque y nadie lo ve ni lo escucha, ¿cae?

verdad_2

para esos que no son capaces de prender la luz,

para esos que no se quitaron la ropa manchada, 

para esos que no se miraron los ojos,

para esos que no se juraron caer,

para esos que no se soltaron la mano,

para esos que no se bailaron el amanecer,

para esos que no se tomaron la última gota,

para esos que no se lloraron los muertos,

para esos que no se caminaron la ausencia,

para esos que no se alzaron con nada,

para esos que no se viven en lo invivible,

para esos que no se respiran la mierda,

para esos que no se fuman lo innombrable,

para esos que no se desconocen de primeras,

para esos que no se empalman en lo ambiguo,

para esos que no se colorean en lo incierto,

para esos que no se transforman en negro,

para esos que no se escribieron una estrofa,

para esos que no se esforzaron por gritar,

para esos que no se cubrieron los oídos,

para esos que no se lamieron la boca,

para esos que no se rieron de lo perdido,

para esos que no se levantaron de la tiranía, 

para esos que no se gustaron la ambición,

para esos que no se desgastaron los codos,

para esos que no se dieron sus secretos,

para esos que no se pronunciaron un ¡ay!,

para esos que no se jugaron la final del veintiocho,

para esos que no se separaron de lo fétido,

para esos que no se pusieron el luto, 

para esos que no se escuchan el silencio,

para esos que no se susurran el grito,

para esos que no se temblaron la onda, 

para esos que no se transcriben el vértigo,

para esos que no se vuelan el tiempo,

para esos que no se cumplieron el sueño,

para esos que no se causaron un empujón,

para esos que no se alentaron en la fatiga,

para esos que no se cantan su existir,

para esos que no se apenan de la pena,

para esos que no se leen esto,

 

bailemos, juntos, hasta que nos sangren los pies.

(Escrito de un día triste)

Ya el espejo no me devuelve la misma imagen. 

Está todo borroso y empañado.

No veo, no me veo, no veo a nadie más y entonces ¿qué hacer?

Dejar de buscar, dejar de leer, dejar de creer que hay algo por descifrar…

O… buscar más, leer más, desafiar más.

Huyendo solo me encontré con que inevitablemente iba a tener que volver.

 

Un pantalón arrugado y sucio encima de una cama.

Pantalón: Hace rato no me soltaban.

Cama: Desde aquella vez…

Pantalón: Sí, desde aquella vez.

Cama: Desde aquella vez que le tocó viajar para que lo arrastrarán en ese parqueadero sin pavimentar.

Pantalón: Sí, desde aquella vez.

El pantalón se estira y se vuelve a arrugar.

Cama: Está un poco mojado ahí

Pantalón: ¿Dónde?

Cama: Donde van los muslos.

Pantalón: Ah, eso…

Cama: ¿Qué es?

Pantalón: Un agua rara.

Cama: ¿Cómo que rara?

Pantalón: Sí, es que no salió de ningún grifo.

Cama: ¿Entonces? ¿Del cielo?

Pantalón: No.

Cama: ¿De una botella?

Pantalón: No.

Cama: De una boca.

Pantalón: Cerca.

Cama: De un ojo.

Pantalón: Ding, ding, ding, de un ojo. 

Cama: He visto eso varias veces, se les llena los ojos de agua y empiezan a botarla como si no fuera importante.

Pantalón: Cierto. Pero algunos se tapan la cara, como si quisieran no desperdiciar…

Cama: ¿Sabe? sus manchas son de otro color…

Pantalón: Otros se secan los ojos con pequeños cuadrados blancos, como pidiendo paz…

Cama: Como de un color más oscuro…

Pantalón: Casi siempre se les pone los ojos rojos, rojos, rojos, rojos, como si fueran a estallar.

Cama: ¡Eso! rojo, como un rojo oscuro…

Pantalón: Pero yo nunca había visto que alguien llorará así…

Cama: Además se ve que eso no le va a quitar, se ve como seco…

Pantalón: ¿Usted había visto a alguien llorar rojo? 

Cama: …no, creo que no.

Pantalón: Yo tampoco.

Cama: Aunque, la vez pasada doña Nubia me dejó las sabanas todas manchadas de rojo.

Pantalón: ¿Y cómo era ese rojo?

Cama: Bien parecido al suyo, pero ella no estaba llorando.

Pantalón: Ah, entonces no debe ser lo mismo.

Cama: No, no debe ser lo mismo.

Silencio.

Cama: ¿Y dónde quedó él?

Pantalón: No sé, doña Nubia me tiró acá y se fue regar agua por los ojos a la sala.

Cama: Hacen una cara toda rara cuando se les riega el agua.

Pantalón: Sí, pareciera que los estuvieran matando.

La cama y el pantalón se ríen juntos, entra Doña Nubia, coge el pantalón, esculca los bolsillos, no encuentra nada. Sale.

Cama: Uy, ¿Qué le cogió doña Nubia?

Pantalón: Deje la malpensadera que es la mamá de Sergio. No cogió nada.

Cama: ¿Qué será que buscaba?

Pantalón: Yo solo tengo la Cedula.

Cama: ¿y dónde la tiene? 

Pantalón: Enredada en la bota.

Cama: ¿Por qué la tiene ahí?

Pantalón: No me acuerdo.

 

Entra Doña Nubia hablando por celular, vuelve a esculcar el pantalón de Sergio.

Doña Nubia: ¡No, no encuentro la cedula del niño! … Ya miré en todos los bolsillos y no hay nada…no…no…no, que no quiero revisarle más la ropa, está toda vuelta nada …lo volvieron nada…sí, no… no he colgado…¿Qué han dicho?... Jueputa …malparidos cerdos… ¡La encontré!... La tenía entre la bota del pantalón…imagínese la revolcada que le pegaron para que terminará ahí…ya voy para allá…rece pa’ que el niño no pierda el ojo… hijueputas…¡Ya! ¡ya salgo!

 

Cuando tenía 11 años fui con mi familia a Puerto Gaitán, Meta. Nos fuimos en bus y sentí que el viaje fue eterno. En el bus pusieron una película sobre unos perros caníbales que me aterrorizó, pero nunca pude dejar de verla. Ese no es el punto.

El punto es que: una noche salí con mi abuela a buscar algo de comer y pasamos al frente del hospital del pueblo. Parqueado al frente del hospital había un moto taxi. Montar en moto taxi en Puerto Gaitán era increíble, le huías momentáneamente al calor, refrescándote con el viento. Pero había algo extraño en este moto taxi parqueado al frente del hospital. Estaba completamente cubierto de algo. En principio creí que era jugo de mora, pero después me di cuenta de que era sangre. Todo el carrito donde se sentaban las personas estaba lleno de sangre.

Me cuesta mucho describir el sentimiento que sentí en ese momento. Literalmente no lo puedo describir, es muy confuso y como… ¿frío?

 

Al día siguiente me enteré que había degollado al conductor de ese moto taxi.

 

No había vuelto a sentir ese sentimiento hasta hace unas semanas cuando, en mis recurrentes noches de insomnio. Como muchas otras malas experiencias, esta comienza con la frase “Estaba en Twitter”. Viendo video tras video de las cosas horribles que estaban pasando en ese momento. Cuerpos cayendo al piso después de que les disparen, personas huyendo por sus vidas en una balacera.

Para Daniel Ortiz, amigo oreja

 

Dos clavijas

 

Lugar frío, mujer fría. Madrugada azul y despejada. Una mesa de madera con dos tarros pequeños de sal y azúcar. Ella está sentada en una silla plástica con la mirada clavada en el cielo. La luz de luna cae suavemente sobre su rostro. Tiene un tinto en su mano derecha.

Ella: (Hablándole a la nada) Yo creo que es posible contar todas las estrellas del cielo. Una noche conté la mitad, me distraje y perdí la cuenta.

Ella toma un sorbo.

Ella: Era domingo el día que me quedé sin palabras. Una noche profundamente silenciosa que tornó transparente el hervir de mi sangre en la cabeza y el escape de mis pensamientos más pervertidos, junto a la gotera del tejado en el patio que nunca reparé (Pausa) Desde ese día la boca me sabe a hígado, el que cocinaba mi mamá con cilantro y cebolla milimétricamente rebanada en cubos, acompañado de un jugo espeso y tibio de tomate de árbol.

Silencio.

Ella: Enmudecí porque me di cuenta de que estaba enamorada de usted (toma el tarro de sal, agrega una cucharadita a su tinto) Usted y su capacidad de volver las palabras acciones y objetos. Hombre que materializa el sueño en una realidad de color, risa, lágrima, dolor, olor. Pienso en ti particularmente los días como hoy... ¿Qué sueñas los días como hoy?

Ella agrega otra cucharadita de sal a su tinto.

Ella: Me enamoré de la complicidad y la perspectiva. También de su habilidad para lanzarse al vacío. La terquedad de su caminar y pensar. De su fé en el poder nadar en las nubes y volar por el agua. De su cabello rubio cayendo de un costado, sus botas moradas y su saco de lana de colores. Me enamoré de las coincidencias, de esos destellos de azar que nos recordaban que no todo podía ser planearlo, como las estrellas y el deseo absurdo de querer contarlas en las madrugadas del sur de la ciudad.

Silencio.

Ella toma un sorbo, hace gárgaras, escupe en su taza.

Ella: Defendí la idea ante mí misma, de que somos la reverberación de dos personas pasadas que tuvieron una relación importante. Abuelos, amantes, hermanos, hijos. Que ahora se reencuentran, se revitalizan por medio el café y la creación.

Ella toma un sorbo, hace gárgaras, escupe en su taza.

Ella: Sin embargo, mi garganta se cargó de lo que decidió no nombrar.

Gárgaras.

 

 

Ella: No quiso perder energía.

Gárgaras de.

Ella: No delimitó, no sacó fuera de....

Gárgaras de tinto.

Ella: ...y por un tiempo no lo hará.

Gárgaras de tinto con.

Ella: Es un maldito entramado exquisito entre las glándulas de mi cuello.

Gárgaras de tinto con sal. Las escupe nuevamente en su taza.

Ella: Atrevida la madrugada juzgando mi insomnio y mi incapacidad de decir que te amo ¿Sabrán las estrellas que aún no me siento aliviada? (Pausa) Decido no dormir Ortiz.

Ella agrega una cucharadita de azúcar. Toma un sorbo.

 

Ella: Finalmente todas las historias son de amor.

ACTO III
 

USTED Y
NADIE MÁS

 

(A veces me permito ser pesimista)

En el fondo de un vaso medio vacío o medio lleno (según quien lo vea), se encuentra la última palabra.

La impronunciable palabra última; la que todos quieren decir pero la que no sabe decirse ni a sí misma.

Vamos corriendo en círculos todos estos años tratando de descifrar cómo se pronuncia.

Tendríamos que volver a nacer con otros oídos y otras bocas.

 

verdad_3

Mi cuerpo está protestando, se revela la rodilla, su corva y el gemelo.

La cabeza se desborda, es como si dentro de ella hubiera una marea, como la marea de personas alrededor del monumento a los Heroes. No, ¡ya se!, Digo “ya sé” porque estoy intentando entenderme, o intentando entender lo que me ha pasado en los últimos meses… ¡Ya se!: …Mi pensamiento es una inundación. Imagínese usted que está leyendo esto lo siguiente: Visualice el centro de su cerebro, un pequeño punto en el medio de esa pesada masa rosada se estalla, pero no estalla como una bomba de fuego, estalla y sale agua, infinita agua que le llena el cráneo, agua que le sale por todos los orificios de la cara, le sale por los ojos, le sale por la nariz, le sale por las orejas, le sale por la boca, le sale por los poros del cuero capilar, no hay hueco de su cabeza del que no salga agua. Usted se desborda, se le desborda el cerebro, se le desborda el pensamiento. 

Y pareciera que llorara, que vomitara y que muriera, 

todo parece lo mismo. Pareciera que llorara de risa, que vomitara de alivio y que muriera de amor, todo parece lo mismo. Pareciera que llorara de alivio y vomitara de risa amorosa, todo parece lo mismo. Pareciera que llorara una vomitada de muerte, todo parece lo mismo. Pareciera que vomitara muerte llorona, todo parece lo mismo. Pareciera que todo parece lo mismo. Pareciera que todo perece. 

La marcha se va a cansar porque yo ya me cansé. Me gusta pensar que estoy conectado con todo en el mundo y que cuando yo me canso todo se cansa también. Pero nadie me puede juzgar porque todos nos hemos dado cuenta de que esas cosas sí pasan. Nadie me puede juzgar porque yo he visto como la revuelta en las calles le ha dado vuelta a los rostros de la gente y, sobre todo, nadie me puede juzgar porque yo he visto con mis ojos cómo la rabia de las calles se les estalla en la casa, cómo la tristeza de los buses les incapacita el alma. Yo he visto como el amor del atardecer los hace dibujar en las noches. Entonces, y más bien, yo me estoy cansando porque la marcha se cansó, no al revés. Y la marcha se canso de marchar, o sea, de caminar, o sea, de moverse de un lugar a otro, o sea, de viajar, que también es moverse de un lado a otro, y todo lo que se mueve, vive, y todo lo que vive se transforma, o sea que la marcha se cansó de transformarse.

Mi “bitácora” era un cuaderno de notas. El profesor decía algo que sonaba importante y yo lo escribía en mi “bitácora”.

 Creo que ese no era el punto.

Se suponía que teníamos que plasmar nuestras sensaciones en la “bitácora”.

Todavía no sé hacer eso.

Las emociones del último mes han sido muy difíciles de plasmar en esta “bitácora” virtual. Así que empecé a tomarme fotos de la emoción del momento. Tengo fotos frustrada, llorando, aburrida, molesta. Unas se ven más honestas que otras. En este puedes ver el espacio vacío detrás de mis ojos. En esta estoy forzando mucho la ceja.

No les quiero mostrar mi bitácora, tendrán que creerme que existe.

Esto es un audio (se demora en comenzar).

Querer salir por que el dolor es abrumador, pero sin sentir culpabilidad o remordimiento de dejar la casa inundada y en llamas (audifonos).mp3

Tengo mareo.

La boca me sabe a hígado desde finales del año pasado.

Mi garganta está cargada de lo que decidió no nombrar.

No quiso perder energía, no delimitó, no sacó fuera de y por un tiempo no lo hará porque ella no me escucha.

Nosotras vivimos una para la otra, mirándonos constantemente a los ojos, pero no nos amamos. Estamos sumergidas en la casa de los ojos de perro azul, donde podemos vernos en los sueños y que cuando despertamos, no recordamos el nombre de la otra, olvidamos y no nos gusta olvidarnos.

Nos parecemos, pero nosotras no somos iguales, nada en esta casa es simétrico. A cada gesto que nos hacemos, lo respondemos desde el espejo con un gesto invertido punto por punto, observando cómo la otra se pierde, pues la tierra es estática y nosotras somos quienes giramos alrededor de ella.

En esta casa el sol se esconde y la luna sale a caminar para iluminar el día.

Cuando una baja por las escaleras, la otra sube flotando hasta la terraza.

Cuando mi cuerpo pesa, ella sale corriendo, cuando ella explota y yo implosiono, mis palabras continúan en la boca. Sin embargo, ambas estamos tumbadas en el sin sabor, en la penumbra. No sentimos, no odiamos, no amamos, no accionamos.

Nos pesa la frente.

Sus pensamientos están en la parte superior de mis piernas. Nuestro corazón está al lado del páncreas y los riñones se ubican detrás de los pulmones. Nuestros rumbos no se cruzan, pero si se piensan.

Estoy cansada de seguir en la mesa, sola. A veces solo nos conocemos para extrañarnos. Tengo miedo de que el vértigo rompa las botellas verdes que llevo como brazos. Si me rompo, ella caminará descalza por la habitación y se cortará. La sangre correrá y beberé de ella para que acompañe la cena de la noche.

Hoy no conté sus pestañas.

Hoy no salí de casa.

Hoy decidí irme primero.

Huiré por la esquina y ella podrá decir que no me conoce, que decidió tomar leche en vez de cerveza y que en realidad espera a otra persona. Nos seguiremos viendo en la mañana sin reconocernos, con hambre de pan recién hecho y la sensación de que continuamos buscando algo.

Hoy yo soy nadie. Las palabras que ella no escuchó.

Hoy es un día diferente.

ACTO IV
 

USTED Y
ALGUIEN MÁS

 

INT. APARTAMENTO-NOCHE

 

Fragmento de la obra inédita ONCE:45

 

JULIA se separa bruscamente de JUAN y se va de la sala hacia su habitación. JUAN se queda confundido, pálido y sin nada que decir. JUAN sigue a JULIA con la mirada, desconcertado. Después de unos segundos JULIA vuelve a la sala. Tiene puesto un vestido. Juan intenta actuar como si nada pero sabe que la situación no es normal. Continúa siguiendo a JULIA con la mirada hasta que llega a la cocina. JULIA empieza a disponer la mesa para comer. Organiza los platos, pone los cubiertos y un par de vasos. Hay tres puestos, tres platos con comida.

 

JULIA

¿Qué hora es?

 

JUAN

Tarde

 

JULIA

¿Qué es tarde?

 

JUAN

Muy tarde

 

JULIA

¿A qué hora dijo que estaba acá?

 

JUAN

Tranquila, no se demora.

 

JULIA mira el reloj. JUAN la sigue mirando desde la ventana.

 

JULIA

¿Falta mucho para que llegue? Eso se va a pasmar.

 

JUAN

¿Qué preparó?

 

JULIA

Lo de siempre. 

 

JULIA toca la comida.

 

JULIA (CONT’D)

Ya está helada.

 

JUAN se para y va hacia la cocina.

 

JUAN

Venga se la ayudo a calentar.

 

JUAN se acerca a la mesa e intenta agarrar el plato del medio pero JULIA lo detiene.

 

JULIA

No toque el plato de su papá. A él no le gusta

que le toquen la comida.

 

JUAN

A él no le gusta la comida fría.

 

Silencio.

 

JULIA

Llámelo.

 

JUAN

No contesta.

 

JULIA

¡Mentiroso!

 

JUAN

Que no contesta, ya lo llamé.

 

Silencio.

JULIA

Le pasó algo...

 

JUAN

No creo.

 

JULIA

¿Cree?

 

JUAN

Respire, todo está bien. No piense en cosas feas. Hoy se celebra, no se llora.

 

JULIA se tranquiliza un poco con sus palabras. Ambos se sientan a la mesa, cada uno en un extremo. JUAN está un poco impaciente. Agarra los cubiertos y empieza a comer. JULIA observa. JUAN sigue comiendo sin levantar la mirada. La situación se pone un poco más intensa. Se oyen los sorbos, el chasquido y los cubiertos en un crescendo. JUAN sigue con la mirada clavada en el plato. JULIA lo mira.

 

JUAN (inexpresivo)

Está muy rico.

(El día más ruidoso de todos)

SILENCE

 

Me estoy perdiendo, me estoy dejando llevar por la confusión. Ya no es tan claro qué es mío y que es de otros, ya no puedo diferenciar lo real de lo ficticio porque no sé… no sé cuál es la ficción.

Ya no puedo confiar ni en mis propios pensamientos.

Necesito silencio.

Silencio desde todas las esquinas.

verdad_4

Era pequeño, un niño de 8 años, cuando soñé que me levantaba en un desierto gris, con una ciudad igualmente gris y el cielo nublado y rojo. Me acuerdo de caminar, de querer llegar a los edificios de la ciudad. Me acuerdo también de parar, de ver que frente a mi había un gran hueco, hecho de cemento; un hueco hecho cuidadosamente. No me acuerdo de mirar dentro del hueco, pero recuerdo despertar.

Hace poco volví a soñar, soñé un sueño que me hizo recordar aquel viejo sueño, y aunque los detalles son difusos, me acuerdo del rojo, de un rojo profundo. Me levanté con un sabor metálico en la boca, revisé mi alrededor y seguía siendo de noche, una noche pacífica y fría, una noche bogotana.

Pasaron las horas, el sueño me tomo por sorpresa y sin saber en que momento, volví a dormir, lo sé porque cuando abrí los ojos, estaba nuevamente acostado y un nuevo sol se colaba por las persianas de mi habitación.

No puedo dejar cierta sensación de pesadez, siento que cargo algo, que cargo a alguien, pero ya revisé y en el espejo solo me reflejaba yo.

A veces, bañarse es la mejor solución, me baño siempre que se me viene un problema, si tengo pereza, sueño, si me voy a poner triste, si estoy muy cansado, si hoy fue un día de mierda, si la película estuvo mala, si me salió una cascara de huevo en el desayuno, si me vi mas gordito, si la ropa se siente rara, la respuesta siempre es echarme una ducha. Hoy tenía un peso en el cuerpo, un peso que no lograba sacudirme.

 

Quiero ser fuerte, un hombre como los hombres de antes que probaban su fortaleza en la ducha, dejando al agua fría caer sobre sus cuerpos. Fría como el agua del río.

No, el frío me enferma. Ya lo he intentado. Dejo que el agua tibia caiga sobre mi cuerpo.

A veces bañarse es la mejor solución. El peso va desapareciendo de a pocos. El agua limpia va cayendo con mi mugre, con mis células muertas, el agua limpia va cayendo agua sucia. El drenaje se traga esa agua mala, esa agua escarlata.

Fue un sueño rojo. No dejo de pensar en ese color, en ese rojo brillante.

Bueno, bueno.

Ya estuvo bueno.

La mejor solución es salir a caminar. Es un tiempo para estar en paz, respirar y no pensar. Me coloco mi chaqueta, saco la sombrilla y la gorra, me pongo los tenis y me fui.

A veces siento que la costa viene a mí, que le hago falta al mar y por eso hay días tan soleados en Bogotá, si el calor es intenso, siempre puedo usar la vieja confiable y volverme a bañar.

Mis pasos me llevaron a la casa de mis abuelos, una casa chiquita y llena de recuerdos, de pinturas, de vajillas decorativas, de crochet, de juguetes y de fotografías. Fotografías de la vida antes de Bogotá, de la vida campesina que mi abuela siempre esta escondiendo. Entre esas fotografías, hay una que siempre me ha llamado la atención: mi abuelo es un hombre joven, un hombre joven de unos 27 años, vestido en el uniforme policial de la época, uno de los héroes patrios.

Su heroísmo rápidamente se ve interrumpido por el recuerdo de él golpeando a mi hermano, un niño de 7 años.

Golpeado por jugar.

Recuerdo ese llanto.

Mi mano se detiene a medio llamar la puerta.

El heroísmo de enseñarle a un niño a no jugar.

Recuerdo nuevamente la foto y suena pólvora. Salgo del recuerdo, sigue sonando la pólvora. Las celebraciones patrias.

Espero que la comparsa no cruce por mi casa. Tendría mayor obligación de participar. De lejitos se ven más bonitos.

Aún no estoy preparado.

Se que algo tiene que ver conmigo, pero no recuerdo que. ¿Me celebran? Imposible, ¿Por qué me celebrarían a mí?

Debo correr hacía mi casa, debo escapar de las comparsas. Aún no tengo claro el porqué.

Mis pasos son rápidos, muy rápidos, demasiado rápidos, extremadamente rápidos. 

Llegué.

La actividad física me tiene agotado, y ya el reloj marca las 12, el mediodía. Hora de almorzar.

Preparo la carne, licuo el jugo, cocino el arroz y la papa. Falta la ensalada. Sólo hay un aguacate… busco desenfrenadamente por la cocina y sólo hay un berraco aguacate. Le hago una incisión y lo abro, se ve desagradablemente insípido, falto de sabor, de sustancia, lo corto en julianas y de él emana un olor a… un olor… a raro.

Me meto una de las julianas verdes y babosas a la boca, sabe rojo, sabe a sueño, a metal.

Hoy no abra ensalada. Notificaré al nutricionista.

Mientras almuerzo, en las noticias siguen transmitiendo las celebraciones. No recuerdo ver tanta felicidad en las calles desde la última vez que nos dieron el título a país más feliz del mundo. Los celebrantes se la han pasado lanzando bombas de humo, gritando, saltando ¿A qué se deberá está euforia colectiva? ¿Será una enfermedad? Recuerdo haber leído de una plaga en 1518 que tenía a todo el mundo bailando hasta que caían muertos en la calle. Quizás era ese mi miedo a unirme a la comparsa.

Menos mal puedo quedarme en casa.

Apago el noticiero y entro a redes sociales, ver en que andan mis amigos, con que se desaburren en estos días pandémicos.

No me gusta lo que veo.

Observo con horror foto tras foto tras foto.

Los veo caripintados, con banderas en sus espaldas.

No doy crédito a mis ojos.

Seguramente es la mala noche.

O quizás estoy viendo a un doble. Después de todo, hay 7 personas en el mundo iguales a nosotros.

Cierro y abro la aplicación.

La comparsa los ha consumido. Están todos allí, consumidos por la euforia. Tienen sus caras rojas. Rojas y pegajosas. Sudorosas.

Quizás estoy viendo cosas.

Decido que la mejor solución es leer un libro.

Desde hace años persigo mis raíces, las raíces de un abuelo indígena, un tal Quemba. Una vez un señor indígena me dijo que cree que el apellido viene del Valle del Cauca, yo solo se que es indígena. Tal vez.

Abro un libro de mitos y leyendas colombianos, que mejor forma de encontrar las raíces propias que a través del folclor local. El Mohán, el Hombre Caimán, la Patasola, todas historias familiares, todas historias que he escuchado una y otra vez. Mientras leo, me pregunto ¿Por qué dejamos de crear monstruos? Quizás se perdió la necesidad, quizás es más efectivo si hay un monstruo, llamarlo por su nombre. 

Entre tantos pensamientos, pienso en el Mohán. Un Mohán del siglo XXI. No tendría el mismo efecto vestido de corbata y yendo a trabajar. El Mohán ejecutivo, el terror de todos los empleados.

La lectura definitivamente fue la mejor solución.

Sigue sonando la pólvora a las afueras de mi casa. Me cansa tanta celebración. Por otra parte, estos eventos se ven muy de vez en cuando. Abro la ventana para ver si alcanzo a observar algún fuego artificial, pero nada. Eso sí, la noche tiene un sabor a rojo metal, a metal rojo.

Bueno, lo intenté.

Cierro la ventana y rocío el aromatizante. Cítrico.

Entro a la cama, el sueño vuelve a llamarme y cierro los ojos.

Abro los ojos y de nuevo rojo, un rojo profundo, opaco. Creo que estoy en el agua, en un agua viscosa. Debo nadar hacía la superficie. Intento moverme, pero estoy absolutamente inmóvil, para mi suerte el agua me empuja hacia arriba igualmente.

Comienzo a sentir frío en la parte alta de mi cabeza.

Poco a poco mis ojos van saliendo del agua y veo.

Veo las nubes rojas.

Veo esas nubes.

Veo su reflejo sobre el agua roja.

Y veo unos bordes grises y curvos.

Intento moverme, pero aún no puedo mover mis piernas ni brazos.

Creo que alguien me observa.

Tampoco puedo voltear.

Creo que alguien se me acerca.

Por la colilla del ojo veo a un niño que extiende sus brazos hacia mí. Me agarra y me levanta.

Me veo directo a los ojos, me veo de 8 años, me veo horrorizado.

Intento moverme, pero sigo sin poder hacerlo.

Miro y me veo siendo solo una cabeza.

Me levanto sudoroso. 

A mi alrededor sigue siendo oscuro, pero ahora reconozco entre la paz nocturna, el sonido de las bombas, de las balas. Por entre las persianas se cuelan miradas muertas, faltas de vida. Siento sobre mi un peso muerto. Me reconozco monstruo del siglo XXI, porque me ha ganado la cobardía. Me ha ganado el miedo a ser mutilado, asesinado, y he preferido quedarme callado, borrarme un apellido rebelde, para que me maten despacio y sin darme cuenta.

Por que al que hace silencio no le pegan un tiro, ni lo cortan en pedacitos, al que hace silencio lo dejan viejito y flaquito en la calle, esperando a que la ciudad se lo coma.

ACTO V
 

NOSOTROS

 

No es cosa real.

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La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

La verdad no existe más. No es cosa real. 

Sólo pixeles dudosos, pixeles gritones, pixeles de mierda.

HUELLAS_V1

hecho con    por 

JUAN SEBASTIAN ANGARITA, DANNA ARISTIZABAL, ANDREA CEBALLOS, VALENTINA COTRINO, HERNANDO CRUZ, DANIEL CAMILO GUERRERO, MARIANA HABEYCH, MARIA MANOTAS,  MARIA JOSÉ MUÑOZ , ANA OVIEDO, DANIEL ORTIZ, DIEGO QUINTERO, LINA MARIA SIERRA.

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